EDITORIAL
Ambición que ciega
La terrible tragedia acaecida en Paraguay, donde un incendio que se desató en el interior de un supermercado, acabó con la vida de alrededor de 400 personas -sin contar más de 450 heridos y de 130 seres humanos que aún “no aparecen”- nos brinda su terrible moraleja: la ambición ciega e impulsa a algunos a centrar sus ideas y reacciones en ella, ignorando valores y sentimientos.
Quienes, aún teniendo dinero, ansían todavía más, prefieren preservar sus posesiones y acrecentar su caudal económico que preocuparse por sus semejantes: lo material sobre lo espiritual, aún a costa de otros.
Según los despachos noticiosos, varios guardias de seguridad y empleados del establecimiento comercial donde ocurrió el siniestro, indicaron a las autoridades paraguayas, que ante el grito de ¡ fuego! se escucharon otros, contundentes, ordenando cerrar las puertas del local “para que nadie saliera sin pagar y no se robaran la mercadería”.
Lógicamente, todavía no hay condenas en firme. No ha pasado el tiempo suficiente. Pero los cargos y declaraciones que se le imputan al dueño y a varios miembros del equipo de seguridad del lugar, son contundentes, mientras que el saldo de muerte es aún más terrible. La desolación e impotencia de las familias de las víctimas en ese hermano país, su estupor ante las dantescas escenas, quedarán grabadas en la memoria colectiva de ese pueblo y en la nuestra, por mucho tiempo.
Y aunque son hechos fortuitos, nefastas casualidades que el destino pone frente a hombres y mujeres, dan precisamente un panorama de cómo resolvemos los seres humanos, disyuntivas difíciles. Algunos, formados en rectitud, amor al prójimo y solidaridad, arriesgan su vida por otros, sin pensar en nimiedades. Otros, no dan la talla, movidos, como se presume en el caso descrito, por actitudes mezquinas, egoístas y rayanas en la locura.
Hay personas que lamentablemente, van por la vida cerrándole puertas a los demás, cueste lo que cueste. Las razones que les motivan no tienen sustento moral, y sin embargo, prevalecen sobre la cordura y la hermandad.
La ambición, sea económica o política y siempre que trasciende los límites de la normalidad, es causa de perjuicio; quienes la padecen de forma exacerbada, se convierten en enemigos públicos, pues a ellos los mueven mezquindades y no causas.
De los ambiciosos debemos cuidarnos todos porque no tendrán escrúpulos para pasar sobre nuestro cadáver con tal de lograr sus objetivos. Pero por suerte, algunos de los signos y características de este mal saltan, generalmente, a la vista: el que es ambicioso engaña, esconde, limita, miente, acapara, desconfía...
Espejo de ello es la tragedia en Paraguay, donde ante la emergencia, no hubo palabras de vida, sino de muerte.
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