EDITORIAL
El cuento que nunca acaba...
El problema de fondos de las municipalidades del país se ha vuelto un cuento que nunca termina. Y mientras esta historia y otras muchas se escriben, los puentes, caminos vecinales y carreteras continúan deteriorándose, más aún en un país como el nuestro, donde llueve.
Los citadinos hablamos de desarrollo y apoyamos proyectos encaminados a permitirle a ciertos sectores de la sociedad competir, en mejores condiciones, en un mundo que ha basado su progreso en la tecnología y el intercambio comercial. Pero se nos nubla la vista frente a un panorama rural que dista mucho del escenario idílico que nos hemos pintado.
Por ejemplo, el deterioro en infraestructura vial que muestran muchos de nuestros cantones es patético. Y los ayuntamientos -algunos de los cuales tienen profundos problemas internos de organización y disputa de poder- no han podido solventar deudas y conflictos que arrastran desde tiempo atrás, ni siquiera con el ingreso de más fondos.
Lo cierto es que la mayoría de los ayuntamientos ha exigido la entrega de los dineros que por ley les corresponden, precisamente para tratar de atacar la situación prevaleciente, e incluso han tomado medidas para “arrimar” fondos a sus escasos recursos, que incluyen campañas para combatir la morosidad, acciones legales contra los deudores, actividades alternativas, convenios de cooperación, etc.
Pero ni aún así pueden recuperarse de la crisis acumulada por años, durante los cuales algunos funcionarios no “hicieron su tarea” y otros despilfarraron dineros.
El caso es que las causas de la ineficiencia y del deterioro ya han sido suficientemente identificadas y desmenuzadas; entre ellas: malas gestiones de cobro, pésimo ejercicio de responsabilidades y derechos, mala planificación, desidia, ausencia de autoridad local ante la cartera de Hacienda...
Por ello no se justifica que se sigan esgrimiendo los argumentos de siempre, donde se señala una y otra vez: “no tenemos plata, no hay camiones recolectores, no podemos ...”
Y mientras tanto, sitios como Sarapiquí o Nandayure no tienen un puente en buen estado por donde transitar, mientras hombres, mujeres y niños se ven expuestos a los más dramáticos peligros.
Vecinos y amigos de comunidades que viven en el más absurdo retroceso, pasando mil y un trabajos para transportarse, acudir al centro de salud, cruzar un río o realizar su trabajo diario, no merecen pagar las consecuencias de la prolongada problemática que ha vivido el régimen municipal y que a juzgar por el panorama de algunos municipios, sigue causando estragos en muchas localidades del país.
Pareciera que, en algunos temas, los ticos llevamos “el cántaro a la fuente hasta que se rompe”. Sería mejor que ante la primera muestra de deterioro, buscáramos una solución definitiva. Además, tendremos que aprender a establecer prioridades, porque de nada sirven computadoras, idiomas y festejos, si no tenemos caminos, aseo y pan.
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