EDITORIAL
¡Qué viva la Pepa!
En medio de las tensas circunstancias que han sacudido a la nación, de ver a los diputados “metiendo narices” en asuntos que no les competen, estamos todos cansados. En vez de dedicarse a trabajar en lo suyo -que mucho falta por hacer y bastante tiempo han perdido- parece que encuentran más atractivo inmiscuirse en reuniones que son resorte del Ejecutivo, arengar a la masa, proponer a sus propios compañeros para puestos en donde es mejor no tener candidatos politizados o legislar en beneficio “de los 57” -aunque algunos sean la excepción en este rejuego- y no de todo el pueblo costarricense.
Decía el defensor de los Habitantes, José Manuel Echandi -con quien lamentablemente no coincidimos en esta aseveración- que lo que ha sucedido en Costa Rica es una crisis que denota una pugna por el poder. Y nos preguntamos: ¿no le otorgamos los costarricenses el poder político, a través del voto democrático, al gobierno electo que hoy nos rige? ¿A qué pugna de poder se refiere el Defensor? ¿ A la de los sindicatos, por decidir el destino del país por encima de la estabilidad política y social de Costa Rica o a la de los diputados, por transgredir los límites entre poderes del Estado?
Los ejemplos los tenemos a la mano y todos ellos denotan el interés subterráneo de no dejar gobernar -ni para bien ni para mal- y de la lentitud e inexperiencia con que esta administración ha reaccionado, dándole paso a exigencias que van más allá de las posibilidades reales del país.
Los medios de comunicación estamos a la expectativa de nuevos acontecimientos, pero con la experiencia que da la cobertura diaria, durante muchos años -sobre todo en el caso de LA PRENSA LIBRE, decano de la prensa nacional- no podemos dejar de sentir y de expresar, nuestro asombro ante los hechos contradictorios y preocupantes que han sacudido nuestro sistema político y social.
Decisiones intempestivas, renuncias, presiones más allá de los límites legales, cambios de opinión, falta de unidad y de coherencia en las políticas oficiales, ánimos exacerbados, sacrificios innecesarios para satisfacer imposiciones y un deseo enfermizo por figurar en las páginas de los diarios o de competir por los puestos de popularidad en las encuestas, han vapuleado las estructuras más sólidas de nuestra centenaria democracia y no como muchos aseveran, para “darle participación activa al pueblo y escuchar sus reclamos”.
A lo que sí se le ha dado pie es al atrevimiento. Y una vez más, se confunde la gimnasia con la magnesia, al afirmar que ante la ilegalidad y el caos, se debe ceder terreno.
No negamos la urgencia de que éste y otros gobiernos, atiendan las necesidades más perentorias de los y las costarricenses, sobre todo en el caso de las clases trabajadoras a las que la situación mundial estrangula diariamente. Para eso fueron electos. Pero en un régimen de derecho, como el nuestro, existen los procedimientos y las voces calificadas para recoger y tramitar dichas demandas ciudadanas dentro del límite de las posibilidades reales de satisfacer sus peticiones.
Si en este panorama revuelto y turbio, los diputados no asisten al Congreso por estar negociando a nombre de sindicatos o gremios; si quienes representan a estos grupos sociales pretenden imponer sus ideas con respecto al manejo político del país, y si nuestras autoridades siguen sacrificando funcionarios y dando concesiones, imperará en Costa Rica la ley de la selva, se diluirá la frontera que separa los poderes del Estado y tendremos que titular, en próximas ediciones con la frase, tristemente célebre...¡ Qué viva la Pepa! Expresión de por sí, bastante grotesca, pero que refleja, muy a nuestro pesar, la situación imperante.
|