EDITORIAL
Una actitud más saludable
Lamentablemente los costarricenses somos lentos para aprender ciertas costumbres que conllevan disciplina y orden. Nos quejamos porque las autoridades no recogen la basura, pero una vez que las bolsas desaparecen del frente de nuestras casas, nos olvidamos del resto.
Ni empacamos bien los desechos ni sabemos separar los tipos de basura e incluso, en ocasiones vemos que algunas personas depositan vidrio y objetos punzocortantes -sin siquiera envolverlos para que no hieran- en bolsas y cajas en mal estado que posiblemente se deshagan cuando los empleados municipales pasen a llevárselas.
Pero lo más grave es lo que está sucediendo con ríos y quebradas, a los cuales llegan toneladas de basura diariamente porque quienes viven en los alrededores las tiran por la pendiente que lleva al río, o sencillamente, directo en el agua, con la esperanza que la corriente la pierda de vista.
Piezas de electrodomésticos rotos, trapos viejos, zapatos, animales muertos, toallas sanitarias, plásticos, cristal, latas por doquier, alimentos en mal estado y sobre todo, restos del jabón que muchos utilizan para lavar ropa o bañarse, van formando una capa babosa y maloliente que a la vista se convierte en la imagen misma del deterioro y del abandono.
Y a pesar de que tanto mediante los grupos ambientalistas como en las aulas escolares y en muchos hogares costarricenses, se habla de la conservación del entorno y de las sanas actitudes que debemos fomentar para mantener un buen nivel de respeto y la esperanza de un futuro mejor, cientos de personas continúan viviendo al margen de estos principios y lanzando -a ojos cerrados- la basura a las calles y campos.
Multas existen, campañas para motivar, enseñar y tratar de penetrar la dormida conciencia ciudadana, también; lo que falta es voluntad y colaboración y sobre todo, que autoridades y vigilantes -aunque sean ad honoren- supervisen de forma permanente la situación de aquellos vecindarios y comunidades donde es frecuente que quienes allí habitan, actúen con desidia y desconsideración.
En realidad, todos deberíamos convertirnos en supervisores de nuestro entorno, conversar con quienes violan normas de respeto y convivencia elementales, para que de buena forma, “entren por el aro” o de lo contrario, proceder a denunciar a todo aquel que con sus malas costumbres, propicie la contaminación y el desorden.
Pareciera que ante la situación actual, las multas deben no sólo anunciarse, sino aplicarse sin miramientos a todo aquel que incumpla las leyes. Pero ello sólo se podrá hacer si existen ciudadanos pendientes de tales hechos.
Entre la población infantil, organizaciones e instituciones tales como Acueductos y Alcantarillados, han constituido grupos de “defensores” del agua y del medio ambiente. Esos niños y niñas tienen en ocasiones, más interés que sus propios familiares por hacer las cosas bien. No solo es necesario estimular sus buenas acciones, sino también emularlas: somos los adultos de este país los que debemos aprender a actuar de forma diferente y en especial, con respecto a la disposición de basura.
Si así sucede, posiblemente en pocos años tendremos ríos más limpios, parajes más verdes y una actitud más saludable.
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