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San José, Costa Rica, Miércoles 13 de diciembre de 2006, 17:24:29.

Editorial

La muerte de Pinochet

No cabe duda que Augusto Pinochet Ugarte fue una figura polémica en el continente. Uno de los últimos dictadores de derecha, que se justificó en el miedo al comunismo para cometer graves atrocidades en su país.

Emergió en medio de la llamada “Guerra fría”, como una especie de “salvador” para un Chile que, por la vía de las urnas, se acercaba al socialismo. Y si bien, como dicen aún hoy sus partidarios, no permitió que en ese país los grupos marxistas tomaran el poder, definitivamente el precio que debieron pagar los chilenos fue muy alto.

Y es que Pinochet era de esos personajes que creen que el fin justifica los medios. Por ello no le importó masacrar a sus propios conciudadanos, comenzando por el presidente Salvador Allende, electo en un proceso democrático con plena participación de todos los sectores chilenos.

Estuvo al frente del Gobierno por 17 largos años, y solo en la última etapa de su administración asomó pequeños cambios a favor de una libertad plena en su país.

Los aliados de Pinochet defienden su gestión aduciendo que Chile sufrió menos que sus vecinos. Y le alaban el desempeño económico que mostró el país en esos años.

Lo que pasa es que ninguna ventaja económica puede ni debe construirse sobre el irrespeto a la vida humana. Este principio, sin embargo, fue sistemáticamente ignorado por el régimen dictatorial que encabezó el General.

Dicho, sin embargo, no es comprensible que algunos sectores chilenos hayan celebrado su muerte. Y no lo es porque nunca se enfrentó a la justicia. Esta es la gran deuda que tiene el sistema político con el país, pues nunca pudo reaccionar ante el giro de los acontecimientos.

Pinochet debió ser juzgado. A pesar de haber decretado leyes que le garantizaban algún tipo de inmunidad, el sistema debió encontrar los espacios pertinentes para hacerle pagar sus crímenes.

Chile está construyendo una nueva democracia. Pero es peligroso que quienes fueron víctimas del régimen de quien hoy ha muerto se sientan excluidos de una nación que no supo darles respuestas.

Bien es cierto que algunos colaborados de la dictadura están en prisión. Pero quien dio las órdenes nunca se vio realmente en riesgo, salvo cuando fue retenido en Londres, por orden de un juez español.

Y tras su muerte queda ese sinsabor, que marcará a la comunidad chilena por muchos años. Los miles de exiliados todavía viven las consecuencias de la separación de las familias, amén de que algunos de ellos sufrieron serios abusos antes de abandonar su país.

En todo caso, lo que queda después de la muerte de Pinochet es que Chile pueda recordar para no repetir las atrocidades vividas, pero al mismo tiempo, olvidar lo suficiente para seguir adelante.

Las nuevas generaciones pueden ser clave en ese proceso, porque no vivieron bajo el régimen dictatorial de quien ahora muere sin pagar sus culpas. Pero solo podrán lograrlo si sus mayores les abren espacio para ello. Esto, puede ser muy complicado. Sino, pensemos en Costa Rica, donde todavía hoy quedan rescoldos de los hechos del 48 dando vueltas en la sociedad.


Parte de la Sociedad Periodística Extra Limitada.
DIARIO EXTRALA PRENSA LIBRECANAL 42RADIO AMERICA