509,88
512,24



San José, Costa Rica, Lunes 12 de junio de 2006, 09:38:00.

Libertad de expresión

Alfonso Chase

Se habla mucho, últimamente, de la libertad de expresión, que no es solamente la libertad de prensa, o la capacidad y el deber y el derecho que tiene el ciudadano de expresar sus ideas con responsabilidad, buscando la verdad vigente en la concordancia entre la palabra y sus más últimos significados. Durante muchos años se me ha sugerido que limite, tenuemente, la libertad de expresarme, para no lastimar reputaciones o para darle forma a aquello que dice que el silencio es oro. Sería el oro de los tontos o el caudal de los sinvergüenzas que afirman que mas vale pájaro en mano que cien volando. La libertad de expresión es una manera de practicar un arte, en el recóndito sentido de saber expresarse con honestidad y en ejercicio de la libertad de coordinar, de manera sensata, lo que tenemos en el cerebro, adquirido o genómico, y combinarlo con el aparato fonador, aunque en tiempos modernos se hace necesario hablar con el apoyo del diafragma, para darle forma a cierta pasión.

Me recuerdo siempre, siempre, siempre, una antigua conversación con Roque Dalton en tiempos en donde ejercer el sentido de la libre expresión costaba la vida, o se ponía precio a la palabra por sólo decir la verdad: la nuestra, la real, la personal y la colectiva. El afirmaba que el quedarse callado empujaba hacia una muerte civil, en donde en el silencio de amordazarse no quedaba otra opción que el finiquito con todo sentido vital. Es decir: la afasia propia era una forma de suicidio lento, hasta que una arma, ajena, volara en pedazos nuestro cerebro, y todas nuestras ideas quedaran inermes en el golpe de la sangre contra la pared. Se sigue hablando lo que ha sido oficio de siglos: el ejercicio de la libertad de expresión en todos los ámbitos de la creatividad, incluido el periodismo y su expresión más directa: la prensa, en los artículos de opinión o en la información que se vende a los consumidores de diarios.

Emilia Prieto, esa radical libre, decía que el ser neutral no existía, sino sólo el triste destino de los cobardes que se colocaban en el fiel de la balanza. Lilia Ramos, tan radical como Emilia, aprendió desde joven a decir lo que pensaba, pero nos daba consejo de meditar las ideas hasta convertirlas en sustancia y luego expulsarlas hacia el infinito, aunque éste tuviera como límite el muro de enfrente. Es decir: no quedarse callado, sino expresarse.

De allí que la prensa, en su verdad más profunda, no es neutral sino que muestra los intereses de quienes la administran y las consecuencias de tomar ésta o aquella posición, con la plena conciencia de que dentro de sus ideas, responde a los intereses de grupo, sector social o conjunto de valores. Por eso el periodista, como el escritor auténtico, expresa y construye lo que escribe, o publica, con la plena responsabilidad de que está diciendo lo más conveniente a sus convicciones más profundas. El pensamiento totalitario, de derecha, de izquierda o simplemente el deseo de leer el mundo de acuerdo a sólo nuestros intereses, es el enemigo más grande que tiene la libertad de expresión en estos tiempos.

Por ejemplo el pensamiento único, que se expresa como totalidad, en la afirmación de que sólo nosotros tenemos la razón y quienes la contrarían no sólo son nuestros adversarios sino también nuestros enemigos y que los más cómodo, no solo para nosotros sino también para el mundo, es eliminarlos de nuestra tinta para que caigan en el limbo del olvido o simplemente se conviertan en fantasmas. En épocas de folletón se tiende a privilegiar el pensamiento suave por sobre las contradicciones sociales, que saltan a la vista de todos, y la uniformidad de pensamiento en las páginas, y en la formación de opinión, deja en claro a qué intereses obedecen quienes abogan, de boca para afuera, por la libertad de expresión. Esta conquista no es un privilegio, sino una lucha constante por darle forma al ejercicio del criterio, y aunque tiene ciertos límites, no necesita de fueros legales para obtener una protección de la cual cada escritor, periodista o ciudadano es dueño a la hora de escribir lo que piensa, siente o expresa por medio de la palabra. Lo más deleznable, además de la censura consciente es la auto censura, que es el negarse a decir lo que realmente se siente por miedo, cálculo político o presiones financieras. La verdad, esa entelequia, es un conjunto de certezas y un cúmulo de dudas, comprobables por la realidad, aunque muchas veces pueda ser sujeto de manipulaciones, sobre todo cuando aspira a convertirse en pensamiento único.

Estamos en el siglo XXI. El escritor, el periodista, el crítico, ha dejado de ser aquel sujeto aferrado a sus intereses más espurios, que concebía al mundo como monocorde y no con visión sinfónica, aferrado a sus preceptos como un mono en un huracán. En épocas del folletón, en donde lo banal se combina con la retórica, la libertad de expresión podría estar en otro lugar que no fuera en las páginas inertes, que no logran transformar la información en conocimiento.

Por ejemplo: en las calles, en las plazas, en las reuniones de amigos, en las aulas. Rara manera de dar un salto, histórico, hacia la verdadera posteridad de la libertad de expresión.


Parte de la Sociedad Periodística Extra Limitada.
DIARIO EXTRALA PRENSA LIBRECANAL 42RADIO AMERICA