Editorial
Avances muy pobres
El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que tras la vuelta de Daniel Ortega a la presidencia del país en enero pasado cada vez se confunde más con el Estado en Nicaragua, acaba de conmemorar los 28 años del triunfo de la revolución que derrocó al dictador Anastasio Somoza Debayle.
Con la revolución, Nicaragua salió de una larga dictadura militar. Pero, 28 años después, el país no ha despegado y más bien cada vez se parece más a un retroceso lo que vive. Y es que aunque el líder del FSLN, Daniel Ortega, había dejado la presidencia del país en 1990, siempre mantuvo el control sobre un fuerte bloque parlamentario, gracias a lo cual pudo, a la vez, controlar algunas de las principales decisiones.
Si a eso se le suma el rol que ha jugado el ex presidente Arnoldo Alemán en el escenario político nicaragüense, y las alianzas que, por intereses particulares, mantuvo por muchos años con Ortega, comenzamos a entender por qué el país no ha despegado.
Y, a la vez, con toda esta trama se reafirma que la democracia no se restringe tan solo a la posibilidad de ir a las urnas para elegir a ciertos funcionarios públicos.
De hecho, desde que Violeta Chamarro ganó las elecciones en febrero de 1990, en Nicaragua se han realizado elecciones sucesivas sin mayores contratiempos, y a partir de ello la alternabilidad en la presidencia ha sido la norma. Y decimos alternabilidad en la presidencia, porque ciertamente no ha habido alternabilidad en el poder, y este no ha estado tampoco en manos del pueblo.
28 años después de la revolución sandinista, Nicaragua es el penúltimo país América -que incluye al Caribe- en materia de pobreza. Está solo por encima de Haití, que a la sazón, tiene una historia política tan desastrosa como la de los pinoleros.
Todo parece indicar que los sandinistas se concentraron tanto en derrocar a Somoza, que terminaron convirtiendo este punto en su objetivo. Y una vez que alcanzaron esa meta, ya no supieron qué hacer. No tenían un proyecto de país y no han podido darle respuestas al pueblo nicaragüense.
En el ámbito político, sin embargo, no solo los sandinistas han fallado. Pese a que marcan un enorme vacío, las otras fuerzas políticas del país nunca leyeron el mensaje, y tampoco se convirtieron en alternativas reales para el electorado. De allí que, tras alguna insistencia, Ortega Saavedra pudo volver a acceder al Gobierno, esta vez por la vía de la elección popular.
En el resultado de ese proceso electoral que culminó en enero pasado se percibe, como siempre, que el pueblo sigue sediento de un cambio, aunque ese cambio implique retroceso. Por ello volvieron sobre Ortega. Y este, con un claro desconocimiento de esa realidad, ha vuelto a la fanfarria, al grado que lo que menos ha hecho es gobernar. Más bien, ha dado señales claras en la dirección de controlar todas las instancias del Estado, a través de sus mal llamados Consejos del Poder Ciudadano; unos órganos que, en suma, serán los tribunales que dirán quiénes son los buenos y quiénes son los
malos en Nicaragua.
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