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>>OPINIÓNSan José, Costa Rica, Sábado 29 de marzo de 2008, 01:34:05.


Editorial

Desaceleración económica

Desde hace varias semanas, la atención de los economistas y de los políticos se ha centrado en los signos de recesión que se observan en la economía de Estados Unidos.

La principal preocupación es que una desaceleración de la actividad económica reduzca las inversiones y el consumo, golpeando las ganancias del sector productivo.

Es claro que toda actividad económica está destinada a obtener ganancias. Lo contrario no sería razonable. Pero en los últimos años se ha dado un peso sustantivo muy fuerte a los economistas en los procesos de toma de decisiones sobre el rumbo de los países. Se ha terminado por asumir que solo ellos pueden fijar el rumbo del desarrollo, como si lo único importante fuesen las cifras macroeconómicas, incluso por encima de las personas.

Quienes defienden ese esquema suelen hacer una asociación directa entre volumen de producción y crecimiento económico, para señalar, entonces, que esto abre mejores oportunidades para las personas.

Pero esto no parece del todo cierto. Lo podemos observar al analizar, por ejemplo, cómo el exagerado crecimiento en el precio del petróleo, registrado en los últimos diez años, no se ha traducido necesariamente en mejores condiciones de vida para las grandes mayorías en los países productores.

Muy cerca, en nuestra región, tenemos algunos ejemplos. México tiene hoy niveles de pobreza aún más altos que los de aquella época, lo cual algunos tratan de disimular en el hecho de que la población ha crecido. Pero, en realidad, la tendencia se observa desde el punto de vista porcentual.

Venezuela, por su parte, si bien ha tenido alguna mejoría, sigue muy lejos de cualquier meta deseable, a pesar de que los ingresos por ventas de crudo y sus derivados se han disparado sistemáticamente.

Otros como Colombia y Ecuador, con volúmenes de producción más bajos que los dos ejemplos anteriores, siguen en una situación similar a la de hace una década.

Para volver a la situación en Estados Unidos, se ha tendido a creer, también, que una desmedida relación de intercambio ya no se traduce en un problema de consumismo, sino que es una señal inequívoca de solidez y, por ende, de una extraordinaria situación financiera, que a su vez sería lo mismo que una inmejorable condición desde el punto de vista social.

Así, sistemáticamente también, se ha dejado en el olvido el hecho de que en aquel país hay cerca de un 12% de pobres, lo que en cifras reales supone unos 36 millones de personas. Eso sin contar que en aquel país no se han encontrado respuestas satisfactorias para necesidades elementales de la gente común y corriente, como la salud, que ha alcanzado costos excesivos y prohibitivos.

Por eso, tal vez lo que algunos anuncian en Estados Unidos mientras otros asumen que ya llegó tal vez no sea tan malo ni para los estadounidenses ni para el resto del mundo. Quizá, más bien, sea el pretexto ideal para revisar el rumbo y volver a pensar en las personas antes que en las cifras.





 



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