Editorial
Una espera muy cara
La nueva carretera Bernardo Soto está en proyecto desde hace casi 20 años. Y, a tono con lo que tradicionalmente ocurre en nuestro país en estas materias, no se le ha dado el banderazo de salida. Si acaso, se amplió a cuatro los carriles en el sector comprendido entre el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría y la intersección a Atenas, más conocida como el cruce de Manolos.
Hace alrededor de ocho años, se concluyó un plan que en principio tendría un costo de 197 millones de dólares, y después de un fallido intento de concesión y el replanteamiento de algunos alcances del proyecto, hoy el país sigue sin contar con la obra.
Lo más triste es que ya las autoridades del Consejo Nacional de Vialidad (ConaviI) y del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT) reconocieron que la nueva vía tendrá un costo de un poco más del doble de la previsión original: unos 400 millones de dólares.
Cuando en un país pobre se cometen este tipo de aberraciones, los responsables de haber tomado oportunamente las decisiones, pero que no lo hicieron, deberían recibir algún tipo de sanción.
No es justificable, desde ninguna perspectiva, que se desperdicien oportunidades y recursos en la forma en que se ha venido haciendo desde hace ya mucho tiempo en Costa Rica.
El hecho de que la mejora en la carretera se haya postergado implica mayores tiempos de movilización, y eso tiene un costo. Lo mismo ocurre en el caso de la ruta a San Carlos, donde la excesiva lentitud en la toma de decisiones ha sido la principal característica del proyecto de nueva carretera, a pesar de la persistencia de los vecinos.
Y la historia de nuevo se repite en el caso de la nueva vía a Puntarenas, que si bien parece avanzar de manera sostenida por estos meses, lleva un retraso de 30 años.
Si se contabiliza lo que implica, desde el punto de vista económico, el retraso en solo estas obras, ya se tendría una cifra difícil de registrar aquí, por la enorme cantidad de ceros que tendría. Y si a esa cifra se le agregan los costos adicionales que ahora tienen las obras, mejor ni hablar.
Al repasar la historia de estas malogradas obras públicas, la conclusión más clara a la que se puede arribar es que el subdesarrollo y el retroceso se los construyen los mismos países. Y en el caso costarricense, pareciera que estamos a punto de graduarnos con los más altos honores en esa profesión de no hacer las cosas.
Y pensar que siempre nuestros políticos justifican esa absurda ineficiencia con el no menos absurdo argumento de que los atrasos son derivados del supremo interés de mantener controles adecuados para que no haya corrupción en los procesos administrativos.
Más grave aún: nos pasa una y otra vez, y no asoman cambios en el horizonte, de manera que solo queda pensar que todo seguirá igual. No se mide la necesidad, ni la conveniencia, ni la oportunidad, ni nada, porque lo que interesa es simplemente mantener la lista de pendientes para poder seguir haciendo campaña política alrededor de las necesidades del país.
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