Editorial
Con las manos en el gatillo
Los niveles de violencia han sido crecientes en el país en los últimos tiempos. De hecho, en diez años el número promedio de delitos se ha duplicado, lo cual ya de por sí es preocupante.
Sin embargo, las últimas dos semanas han sido particularmente impactantes por la acción de los delincuentes, que ahora por cualquier cosa matan.
Pareciera que, más allá del interés de quitarle algo material a sus víctimas, lo fundamental para los antisociales de hoy es quitarles la vida a las personas, así como así.
Y es que, sin pretender justificar alguna acción delictiva, el robo no tiene por qué implicar ni un riesgo de muerte para la víctima, ni una intención de matar por parte del antisocial.
Pero al observar los más recientes hechos, queda la sensación de que hay en los delincuentes una especie de conformismo y entrega tal que el homicidio parece encaminado a la búsqueda de alguna especie de trofeo.
De lo contrario, no es fácil encontrar explicación al persistente deseo de matar que está hoy caracterizando a los delincuentes, que por demás, han ampliado su rango de acción, convirtiendo en una moda un par de nuevos escenarios: el robo en los buses y el denominado “paseo millonario”.
El viaje en bus era hasta no hace mucho una de las situaciones más seguras que manejaban los ciudadanos, pues se presumía que la cantidad de gente implicaría algún temor a los delincuentes de poder ser reconocidos en un eventual proceso judicial. Hoy día, sin embargo, aún a pesar de esa circunstancia, los delincuentes disparan a matar y luego se dan a la fuga tranquilamente.
Igual, el circular en vehículo propio era una práctica segura en el pasado, pero primero llegaron los robacarros, que ya no se molestan en abrir aquellos que puedan encontrar estacionados en las calles, y prefieren bajar a los conductores.
Y como si fuese poco, ahora los ladrones se dan el lujo de secuestrar previamente a sus víctimas, antes de asaltarlas y asesinarlas.
Sin pretender decir de alguna manera que la solución es fácil, es lamentable que la sociedad costarricense no haya podido desarrollar esquemas legales y prácticas policiales que desincentiven acciones delictivas como las descritas.
Porque en ellas se denota un claro desprecio por la vida de las personas. Y ya no se trata de aquellos casos en que los asaltos llegaban producto de la ostentación de las víctimas. Ahora, cualquiera está en la mira. Y si no tiene nada, se ciñen con ella.
Ante ese cambio de actitud, y ante la obvia presencia excesiva de armas de fuego en las calles, es conveniente insistir en la urgencia de establecer sanciones tan fuertes como ejemplarizantes para los que incurren en delitos que atentan contra la vida.
Mientras ir a la cárcel siga siendo para muchos un paseo de lujo, no habrá oportunidad para encarar el problema con éxito.
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