Editorial
La crisis que no se vio
En los años recientes, los economistas hicieron creer al mundo que éste giraba alrededor de la economía. Quedó atrás la vieja premisa de que los seres humanos ocupaban, a fin de cuentas, el primerísimo primer plano, y todo pasó a ser cuestión de números; de cifras macroeconómicas.
Dentro de ese contexto, quienes dirigen las grandes corporaciones en el mundo, especialmente en Estados Unidos se comenzaron a preocupar sistemáticamente de crecer en volumen de operaciones, al margen de si esas operaciones eran o no razonables.
En el sector comercial, la primera y única pretensión pasó a ser la de que todos los consumidores compraran hasta lo que no ocupaban. Y si para ello tenían que endeudarse, pues mejor, porque en cualquier caso, se trataba de generar nuevos empleos y producir mayor riqueza, se decía.
Y de allí el salto al sector financiero, donde ya financiar operaciones productivas no era lo importante. Los nuevos esquemas planteaban como una mejor opción, financiar el consumo. Y en ese escenario tampoco era necesario revisar realmente detalles como la capacidad de pago de las personas.
Aparecieron, también, los inescrupulosos que pretendieron sacar más provecho aún, y se comenzaron a presentar problemas de excesos en las valoraciones de las propiedades, con el fin de obtener mayor ganancia en menos operaciones.
Ahora todo esto ha explotado y han comenzado las quiebras de grandes empresas, dado que los deudores no han podido atender las obligaciones contraídas. Quizá nunca como ahora se dieron tazas tan altas de gente acogida a la Ley de Bancarrota que rige en Estados Unidos.
Pero aún cuando comenzó toda esta fase, las autoridades prefirieron guardar silencio e ignorar la realidad, tratando de lanzar señales de optimismo que solo pudieron entenderse como obvias falacias.
Hoy, sin embargo, estamos ante un nuevo escenario en el cual, si bien no en todos los casos, el Gobierno federal de Estados Unidos ha prestado dinero a las grandes corporaciones en problemas para vitar su cierre, e incluso está operando de manera directa una entidad bancaria; algo inimaginable en ese país hace apenas unos cuantos años.
Esta situación supone, de alguna manera, el rompimiento del esquema de desarrollo que se ha seguido a través del tiempo en Estados Unidos, y que se ha extendido a muchos lugares del mundo. Y obliga a recordar que ningún sistema es perfecto, y debe estar sujeto de manera permanente a revisiones, a fin de ir adaptándolo a las nuevas realidades.
En ese plano, las autoridades de Estados Unidos han fracasado, pues ni siquiera se han planteado el tema. Cierran los ojos de manera preocupante, pues parecen creer que con los pequeños y temporales salvavidas que han lanzado a los mercados, todo volverá a estar bien de la noche a la mañana.
¿O será que piensan dejarle el lío a quienes lleguen al Gobierno en enero?
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