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>>OPINIÓNSan José, Costa Rica, Martes 23 de setiembre de 2008, 17:23:57.


Editorial

¿Nueva democracia?

Entre los países latinoamericanos se ha dado en los años recientes un marcado viraje en las preferencias ideológicas, que ha permitido a personas como Hugo Chávez, en Venezuela, Evo Morales, en Bolivia, y Correa en Ecuador, llegar a la presidencia de sus respectivos países, además de la vuelta de Daniel Ortega, en Nicaragua.

Todos ellos tienen en común que han utilizado las estructuras democráticas para alcanzar el poder. Pero, de repente, reniegan de ellas, pretendiendo introducir cambios que les permitan a ellos, y solo a ellos, perpetuarse en el mismo.

En esas prácticas, a las que comienzan a sumarse algunos como el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, se reafirma el hecho de que no es una cuestión de democracia, ni tampoco un asunto de solidaridad con sus pueblos lo que mueve a figuras como las citadas en sus esfuerzos políticos.

Es más bien un concepto de “quítate que voy” el que prevalece entre ellos, siendo que su principal objetivo es el poder por el poder; el poder para que otros no lo tengan.

Por eso es que siempre hemos defendido la tesis de que la democracia no se debe resumir a la realización sistemática de elecciones. De hecho, tenemos ejemplos claros como el de Cuba, en que no se han dejado de realizar elecciones en los últimos 50 años. Pero pocos realmente creen que en la isla haya un régimen democrático.

Otros casos cercanos han sido los de Ortega en Nicaragua, durante su primer mandato, y de Fujimori en Perú. Fueron escenarios en los que el presidente manejaba el país como si fuese una finca de su propiedad, al margen de cualquier otra consideración.

Ahora son los esquemas que se repiten en Venezuela, en Bolivia, en la misma Nicaragua, y pareciera que en Honduras se va en esa dirección, bajo el alegato de que se quieren aplicar nuevas formas de democracia. Y con ese pretexto se construyen apoyos electorales.

Al final, estos políticos de la nueva era terminan por caer en los mismos excesos y las mismas malas prácticas sobre las cuales levantaron sus voces en el pasado, con la única diferencia de que cambiaron los actores.

Este es el fenómeno que requiere un estudio serio y concienzudo para entender que no se trata de cambiar por cambiar, sino que se deben ofrecer opciones reales a las poblaciones. Estos nuevos políticos deben, igualmente, entender que la política no es un ejercicio de llevar la contraria a los otros grupos por llevarles la contraria. Más bien, el asunto debe estar enfocado en construir proyectos de país que marquen diferencia por el impacto que puedan tener para las mayorías en los planos social y económico.

Si no se avanza en esa dirección, no se estará realmente construyendo una nueva democracia. Será más bien un escenario de retroceso el que se perciba, mientras en otras regiones del mundo se apunta hacia el desarrollo.

Lástima que no haya suficiente capacidad para entender la diferencia.





 



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