Editorial
Palabras cautelosas
El discurso de toma de posesión que pronunció el martes pasado el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es una extraña combinación de conceptos generales con un marcado acento de precaución.
Es así porque el mandatario procuró evitar comprometerse más allá de los términos difusos en que lo hizo durante la campaña política que le llevó a la Casa Blanca, pero encima de ello, insistió siempre que pudo en darle un marco limitado a las enormes expectativas que muchos estadounidenses se han formado en torno a su mandato.
Una reiterada determinación de llamar a la calma, advirtiendo que las soluciones se tomarán tiempo y hasta serán difíciles, no deja dudas de que Obama tiene clara la posición que quiere adoptar frente a sus electores e incluso al resto del mundo.
Hay que reconocerle, sin embargo, que ya este mismo ejercicio lo había hecho durante la última fase de la campaña política, pese a lo cual pudo sacar una buena ventaja sobre su rival del Partido Republicano, John McCain.
Al mismo tiempo, Obama insistió en involucrar a los ciudadanos en la solución de los problemas que aquejan a Estados Unidos, muchos de ellos derivados de la crisis financiera, pero a los que se suman una larga lista de temas en diferentes ámbitos de acción del Gobierno Federal.
Está claro que no serán los ciudadanos los que tomen las decisiones, pero sí les ha dejado claro que deberán aportar lo suyo, posiblemente previendo un entorno difícil para iniciativas que son importantes para los demócratas, pero que en la actual situación pueden no encontrar un espacio. Se trata de las reformas en salud, por ejemplo, en las que ha puesto mucho énfasis durante la campaña, así como en los temas del ambiente, donde ha reconocido ya que Estados Unidos deberá asumir un papel preponderante.
Y en esas áreas, es innegable que tendrá que tocar fuertes intereses económicos, lo cual obviamente podrá generar reacciones adversas.
Pero, quizá el principal problema que encarará Obama será el de los ajustes que deba hacer a los programas de recuperación económica. Insiste en que su Gobierno generará empleos. Pero esa salida no es permanente, porque el desarrollo de las obras públicas no puede ser eterno. Tendrán que regresar al sector privado formal y permanente, muy pronto. Y esto supone que sea el sector empresarial el que canalice esa recuperación.
Anticipando esa situación, algunos especialistas ya han advertido que se podrían dar nacionalizaciones de bancos, como último y único recurso para sanear los mercados financieros. De llegar a este punto, sobre lo cual Obama no adelantó nada en su discurso, sin duda de primera entrada las reacciones podrían ser de shock, toda vez que los estadounidenses están acostumbrados a otros modelos menos proteccionistas. Y por más que se les diga que esas acciones son precisamente para protegerlos, será sin duda un reto del Gobierno hacer calar ese mensaje. Quizá solo el fuerte optimismo que ha generado su llegada al poder le ayude abrir espacios para ser escuchado.
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